Todos los grandes viajes deberían comenzar de noche, con el telón bajado. El viajero se enfrenta a la oscuridad con una inquietud soterrada, tímida y vergonzosa. Algo en las tinieblas, en el incierto e inmediato futuro, le encandila. Unos piensan que es el espíritu del viajero. Otros, el alma aventurera. Puede que sean simples deseos de vagabundear, de conocer nuevas tierras, otras gentes, diferentes culturas, mundos vírgenes… Puede que sean ganas de tener que abrir mucho los ojos y sentirse vivo, de ganarle el tiempo al día, de decir: “Ya dormiré cuando esté muerto”
Javier Pérez de Albéniz. “Diez mil kilómetros a través de África”
Viajar es como leer un libro o ver una película. A veces ocurre que vas al cine con muchas expectativas y sales decepcionado de la sala, o todo lo contrario, caes en una película por casualidad y te sorprende positivamente. Depende mucho de cada uno, no vas con la misma actitud a ver el último largometraje de Ben Stiller que a ver un documental sobre la repercusión psicológica en la infancia de la guerra de Kosovo.
Con los libros sucede algo parecido, dependiendo del momento de tu vida en el que te encuentres puede ser que enganches totalmente con la historia o que la abandones después de la cuarta página.
¿Y con los viajes? Pasa lo mismo. No es posible comparar dos destinos, depende de ti. Depende del momento vital en el que te encuentras y de tu historia personal. No es lo mismo ir a Nueva York que ir a Kenya.
Por eso cuando a veces me preguntan por la elección entre dos destinos me quedo parada y no sé qué contestar. Porque sólo la persona que inicia un viaje sabe lo que está esperando encontrar.

Comentarios recientes